Coroné el puerto. Atrás quedaba el valle del Ebro con sus olivares y sus nieblas, y ante mí se abrían las llanuras del Duero, despejadas pero gélidas. El coche comenzó a bajar las rampas entre desnudas laderas grises y ventisqueros azotados por el viento del norte y vi una gasolinera a la entrada de una aldehuela que parecía desierta. Allí decidí parar porque no sabía cuándo podría repostar otra vez en aquel paraje desolado.

Me quedé helado con el grifo del surtidor en mi mano enrojecida por el frío y me di cuenta de que la cafetería de la gasolinera tenía un cartel escrito a mano en una ventana: “Hay caldo” Pensé que era una buena idea entrar y repostar yo mismo, así que dejé el auto por ahí cerca y entré. Olía a detergente y había una barra de bar limpia y desierta y, tras ella, una joven, casi una adolescente, que miraba absorta la programación matinal de un televisor. Le pedí un caldo calentito y un pincho de tortilla y me senté a esperar en una de las mesas. La chica entró en la cocina sin dirigirme ni una mirada.

Entonces, al echar un vistazo a mi alrededor, me di cuenta de que un vejete estaba sentado en una mesa un poco más allá, junto al ventanal. Buenos días, me dijo con una sonrisa. Buenos días, contesté. Y fríos, añadí. El anciano era menudo y enjuto, pero aparentaba vitalidad o, al menos, su semblante arrugado y alegre, y sus chispeantes ojos azules ayudaban a que así fuera. Vestía con limpieza y atildamiento y llevaba una boina negra sobre la cabeza, ladeada con cierta coquetería. Pronto surgió una conversación sobre el tiempo y sobre temas intrascendentes y, mientras tanto, volvió la joven con lo que yo le había pedido y sin decir palabra.

—Es mi biznieta, la mayor —dijo el jovial anciano levantando significativamente el dedo —tengo otra más joven pero esa todavía va al colegio. Esta no quería estudiar y su madre le dijo: “a trabajar a la gasolinera del abuelo” Y aquí la tiene.

La chica no contestó, ahora tenía la cabeza inclinada sobre un teléfono móvil. Mi mirada pasó desde la barra al ventanal y, a través de él, a unas ruinas que se alzaban al otro lado de la carretera, una casona rodeada por un murete junto a la cual crecía un altísimo árbol, desnudo ahora por el invierno, un chopo o un álamo, quizás. El locuaz vejete se dio cuenta y me dijo:

—Esa es la Venta del Álamo. Hace muchos, muchos años que nadie vive allí. Cuando yo nací, ya estaba desierta.

—Me parece maravilloso que, aún así, alguien conserve recuerdo de ese sitio ¿no cree? —respondí yo, más por educación que por verdadero interés.

—¡Como para no conservarlo, con la de cosas que pasaron allí!

Observé entonces que el edificio parecía de buena factura. Si era tan vieja como decía el vejete, debería estar más derruida, pero la fachada conservaba aún los ladrillos limpios y sin grietas. Las ventanas, sin cristales pero con las hojas de madera aún en sus goznes, parecían bocas rectangulares de lados perfectamente paralelos, abiertas a una voz oscura, a un grito tan sordo como la negrura que dejaban ver. Faltaban muchas tejas, pero el tejado sólo se había hundido en un cobertizo lateral que era, evidentemente, un añadido posterior a la fábrica original. Si el abuelo tenía, digamos, unos noventa años, esa casa debió de ser una muy buena construcción para llevar tanto tiempo abandonada sin sufrir mayores daños. De repente, igual que un sabueso olfatea un rastro y es incapaz de dejarlo, me encontré sobre la pista de una buena historia y me di cuenta de que allí había un secreto que merecía ser contado. Un pequeño tesoro recién descubierto que, de repente, quise desenterrar. Tomé un sorbo del tazón caliente, le pedí a la chica que echara un chorro de jerez en el caldo y miré el reloj.

Le contesté al viejo:

—Así que la casa tiene historia ¿no?

El anciano me miró, súbitamente animado por un inesperado oyente de sus historias, y contestó:

—Ya lo creo. Una historia triste. Mi abuelo me la contó muchas veces. Él era un niño cuando ocurrieron los hechos. Y algo de cierto tiene que haber porque hace muchos años unos chavales de la ciudad quisieron comprar la casa y arreglarla, pero alguien les contó la historia y ellos se marcharon sin querer volver a saber nada de este pueblo.

—¿Tiene usted tiempo, caballero?

El hombrecillo sonrió y aceptó mi apuesta.

—Toda la mañana, ¿lo tiene usted?

—Por supuesto, señor. Cuénteme.

Y el vejete empezó su relato.

Las nieves habían empezado a caer. El camino de herradura que cruzaba el puerto estaba despejado pero pocos lo pasaban ya. Los vinateros no volverían hasta el año que viene y los rebaños de ovejas hacía tiempo que habían marchado ya hacia los pastos de invierno en Extremadura y La Mancha, de forma que en la Venta del Álamo sólo quedaban algunos lugareños. Una chimenea brillaba con los troncos de pino ardiendo y el aire era casi sofocante por el calor y el olor a humo. En una mesa estaban las fuerzas vivas de la aldea: el alcalde, el cura, el boticario y un rico labrador que jugaban una partida al guiñote con una gastada baraja, mientras bebían de una jarra con limonada, vino endulzado y aromatizado con limón que se solía elaborar para Todos los Santos, con otros dulces y golosinas.

—Doña Ramona, ¿me traerá otra torrija, por favor? —dijo el boticario don Elías mirando por encima de sus anteojos. Y sintiéndose provocador enseñó un diario al cura y al alcalde que hacían pareja para las cartas. —Y ahora les voy a leer la reseña del discurso del señor Sagasta en el Congreso, que me ha llegado hoy El Mercurio de la Provincia —dijo agitando la portada.

—Ahórrese, don Elías, el esfuerzo. No va a convencernos —respondió el alcalde, cachazudo. Y arrojó un rey de bastos sobre la mesa. —De mis cuarenta.

—Don Elías, —comenzó el cura —a pesar de nuestras diferencias, sabe usted de sobras que le aprecio y que valoro su honradez y rectitud. Apelo a su hombría de bien, y no tanto a sus opiniones políticas, para preguntarle: ¿cree usted prudente prestar sus oídos a la voz de un hombre que es un reconocido masón y que ni siquiera está casado por la Iglesia? ¿cree que puede ser una buena edificación moral alguien así?

—Y la Iglesia salió de su caverna —repuso don Inocencio, el rico labrador, riéndose —que no le amilanen, don Elías; lea, lea usted y que se enteren de por dónde va el progreso de la nación, y de que en diez años seremos como Inglaterra o Alemania, mal que les pese. Lea, hombre, lea que a mí me interesa…

Don Elías echó un trago de limonada y comenzó:

—“Volvió a escucharse el verbo inflamado de don Práxedes…”

Un coro de carcajadas lo interrumpió. Un grupo de jóvenes, de pie en la otra punta de la sala celebraba con risas alguna ocurrencia y doña Ramona, la dueña de la Venta del Álamo dejó un plato de loza blanca con una torrija junto a don Elías.

—Las cuadrillas de mozos, que como no tienen nada que hacer en esta época se dedican a alborotar.

—Dijo ella con disgusto. —Si quieren les digo…

—Quite, quite, doña Ramona. Si están borrachos y ríen, mejor que si están borrachos y riñen. Total, borrachos van a estar de todas formas… —dijo el alcalde. Sus tres compañeros celebraron la ocurrencia con risas discretas.

—Su hijo Juan, de todas formas, es un hijo ejemplar, doña Ramona. Debe de estar orgullosa de él. —añadió don Gervasio, el cura.

La posadera, de unos cincuenta años, se irguió y miró al fondo del salón, donde se abría la puerta de la cocina. Allí esperó anhelante a Juan y al fin lo vio salir con dos jarras de vino o de limonada que, andando con timidez, llevó hasta los jóvenes. Juan era un muchacho alto y delgado, que no llegaba a los veinte años, de pelo claro y ojos verdes y soñadores, que tenía fama de aplicado y buen hijo, pero también de retraído. De su madre, doña Ramona, viuda desde joven, se sabía que había trabajado hasta la extenuación para ahorrar el dinero suficiente con que enviarlo a estudiar a la Universidad. Ella decía que todos los sinsabores y los esfuerzos de su vida quedarían recompensados el día que viera al joven convertido en médico.

—¿Qué te pasa, Juan? Pareces atareado, hombre —todos reconocieron la voz de Paco el Alto, el que oficiaba de jefecillo de aquella pequeña tropa.

—Sí, tengo que hacer —contestó Juan con timidez.

—Pero, hombre, si no estamos más que nosotros y la mesa del alcalde. ¿No puedes tomarte un vino con nosotros?

—Tengo que hacer cosas para mañana, en la cocina —contestó Juan tartamudeando.

—No te preocupes, Juan, tómate algo —insistió Paco desafiante —¿Se te va a quemar la cena?

El muchacho se acercó sin decir nada y tomó un vaso de vino que le ofrecían.

—¿Ves? ¿A que no te ha pasado nada? Toma otro, anda. —Y Paco le llenó otro vaso. Juan vació ambos de un trago y luego dijo:

—Bien. Me voy a lo mío. —Estaba nervioso y sus ojos bailaban de un lado a otro sin detenerse en ningún lado. A lo lejos, doña Ramona miraba a su hijo y arrancó para intervenir, pero don Gervasio la sujetó por la muñeca.

—Estese quieta, deje que su hijo luche sus propias batallas. Si Dios quiere el año que viene estará en la ciudad estudiando y necesitará valerse de sus propios recursos.

—¡Pero es que esos salvajes…!

—Yo los confieso, doña Ramona, y no son malos chicos… Sólo están por educar y su hijo tiene mucho que enseñarles en ese sentido —el cura sonrió apaciblemente. —Deje tranquilo a Juan que sólo se ha tomado dos vinos.

Se oyó la voz de Paco retumbar en toda la sala.

—Pero, hombre, Juan ¿ya nos dejas solos? Cualquiera diría que nos tienes miedo… —Y lanzó una carcajada.

Juan, ya en la puerta de la cocina, se volvió con rabia.

—Yo no os tengo miedo… Ni a ti ni a esos. Pero tengo cosas que hacer aparte de emborracharme y montar líos en la casa de otros.

Paco se revolvió con los puños apretados, dio una zancada y se enfrentó a Juan, casi nariz contra nariz.

—A ti lo que te pasa es que eres un gallina que no tienes cojones ni para ser amigo ni para ser enemigo. Te pegas el día metido bajo las faldas de tu madre o entre los libros pero no tienes ni idea de lo que pasa fuera de esta puta venta.

Juan no sabía que le enfadaba más, si las palabras de Paco el Alto o sentir su aliento apestoso de vino y las gotas de saliva en su cara, pero por esto, por vergüenza delante de testigos o por el motivo que fuera, no retrocedió ni un paso. Clavó sus ojos verdes en los ojos negros de Paco y dijo con ferocidad:

—No te tengo miedo, Paco, ni a ti ni a tus amigos. Y te lo demuestro cuando quieras, aquí o fuera.

—¡Me ca…!

Restalló la voz del alcalde como un cañonazo.

—¡Paco, ya basta! ¡Debería darte vergüenza ir provocando a gente que no hace más que trabajar honradamente! Te conozco, conozco tu casa y conozco a tus padres. Como no te metas en la cama a dormirla ahora mismo, como me entere de que has montado el más mínimo problema esta noche, como me entere de que lo han hecho tus amigos, te voy a buscar yo mismo con la escopeta en la mano y la pareja de la Guardia Civil —el alcalde le apuntaba con el dedo.

Paco el Alto miró al alcalde.

—No se preocupe, señor alcalde, que era una broma… Ya sabe que soy gente de orden. Sólo… estaba hablando con mi amigo Juan, el estudiante, que parece que es de ánimo débil ¿verdad Juan?

—Donde quieras y cuando quieras, Paco —siseó entre dientes Juan.

—Escúchame bien —susurró el aludido —tus amigos te protegen, porque eres un maldito cobarde, pero te voy a decir una cosa: esta noche vamos a pasarla en el cementerio, éstos y yo. A ver si es verdad que salen los difuntos y les invitamos a tomarse unos vinos con nosotros, je, je, je… Demuéstrame que has estado allí también, tú solo, y mañana retiro aquí mismo, delante de tu madre y de la cuadrilla del alcalde que te he llamado gallina. ¿Qué te parece?

—Allí estaré.

—Mañana vendré aquí otra vez. Si veo que llevas una rosa negra, sabré que has estado y te pediré perdón delante de todos. Si no, te llamaré cobarde y te saltaré todos los dientes de un puñetazo.

A Juan le cegaba la ira.

—La verás, no te preocupes.

Paco se volvió a sus amigos. Doña Ramona y el cura estaban casi a su altura.

—Nos vamos, chicos. A seguir la ronda, a ver si encontramos quién nos invite a más limonada. Doña Ramona, siento mucho nuestro comportamiento pero uno bebe y ya se sabe.

—Paco, ya has oído al alcalde, id a dormirla a casa y mañana será otro día. Venid a misa y a ver si os sirve de algo —repuso don Gervasio.

—Allí nos verá, don Gervasio, —rio Paco —a todos ¿no? No se preocupe que es fiesta de guardar y nos acordaremos de los Difuntos… ¿verdad, Juan?

Y salió todo el grupillo entre bromas y chistes de la Venta y entre cánticos, se alejó hacia la aldea.

—¿Qué te decía Paco, hijo? —preguntó nerviosa, doña Ramona. Juan los veía a través de la ventana mientras se marchaban.

—Nada madre. Que mañana pedirá perdón por lo que ha dicho —contestó secamente, y su madre vio una llama extraña relucir en el fondo, normalmente dulce, de su mirada.

El cementerio del pueblo estaba pegado a la iglesia, tras el ábside románica. Era amplio, estaba rodeado por una tapia y tenía una reja de hierro. Las lápidas de siglos se alternaban con los enterramientos más recientes, los matorrales que descuidadamente habían brotado entre las tumbas, el musgo secular y las piedras de aquel terreno baldío. En eso no era diferente de ningún otro de esos parajes y por aquella época, pero al fondo, en la esquina más alejada, allá donde nadie quería enterrarse, estaba el rosal negro. Lo llamaban así porque sus rosas eran de un color granate amoratado tan oscuro y aterciopelado que parecían negras. Aquel rosal lo plantó don Sebastián, que hizo de sacristán, enterrador y alguacil del pueblo durante décadas. Don Sebastián era mudo, alto y flaco, desgarbado y mal trazado, de gesto hosco y mirada turbia; nunca se supo de dónde sacó el vástago del que creció aquel rosal pero dedicaba horas y horas a cuidarlo y hacerlo crecer, y se enfadaba terriblemente cada vez que alguien le pedía permiso para llevarse una. Le preguntaron a don Gervasio, que entonces era joven, por qué ese interés en tan insólito rosal, y él contestó que le parecía una especie de penitencia porque por señas el sacristán le indicaba que las rosas pertenecían a los Difuntos y que en homenaje a ellos las cuidaba.

Los del pueblo consideraban a don Sebastián un personaje siniestro y malhumorado, sin familia ni amigos ni más ocupación que cuidar del cementerio, de la iglesia y de algunos trabajillos y chapuzas para el Ayuntamiento y, de hecho, aquel rosal negro parecía ahuyentar de su rincón hasta a los muertos: nadie quería ser enterrado junto a él y algunos, incluso, expresamente lo pedían a sus familiares, pero a don Sebastián le importaba poco, si es que se enteraba, y seguía cuidando aquella planta singular en los pocos ratos libres que le dejaban.

Una mañana don Gervasio que en aquel entonces, como dijimos, era joven, no encontró a don Sebastián, solícito como siempre, para ayudarle a vestirse para la misa. Se vistió solo, dijo misa y fue a buscarlo a su miserable casucha. Allí tampoco estaba. Luego se acercó al Ayuntamiento pero allí le dijeron que el alguacil no había ido tampoco; por último, sólo le quedaba el cementerio, claro.

Don Gervasio, temiéndose ya lo peor abrió con manos temblorosas la cancela de hierro que se quejó con un chirrido de lo inoportuno de la visita. Con la sotana y la capa remangadas, la mano sobre la teja y sorteando las lápidas se acercó al rosal negro. La mancha en el suelo confirmó sus peores presentimientos, era un montón de ropa vieja y sucia, pero era la ropa que normalmente llevaba don Sebastián. Y dentro de ella estaba el cuerpo largo y delgado, tísico, flaco y macilento del enterrador. Su rostro blanco y rígido se había torcido en un gesto inverosímil, quizás de dolor o quizás, pensó el cura, de arrepentimiento en el mismo momento de morir.

Nadie quiso cuidar ya nunca más del rosal, nadie lo abonó, ni lo podó ni lo regó durante los veranos secos y ardientes del lugar, pero la planta parecía seguir creciendo e incluso prosperaba hasta cubrir una buena parte de aquella esquina de la tapia del cementerio, por no hablar del extraordinario y anómalo fenómeno de que aquel era el único rosal en el lugar que aún seguía dando flores al filo del invierno, para Todos los Santos. Aún así, o mejor dicho, precisamente por esto, la gente abominaba de él y en ella suscitaba una especie de temor supersticioso incluso el mirarlo y, aunque le presionaban para que lo arrancara ya de una vez, don Gervasio nunca se decidió a hacerlo un poco por pereza y un poco porque, como por señas le había dicho una vez el sacristán y sepulturero, intuía que aquellas flores no pertenecían a los vivos, sino a los muertos.

A pesar de la helada que la Noche de Difuntos estaba trayendo al pueblo, envuelto en una manta, Juan cogió unas tijeras de esquilar que había por la venta, y con decisión acercóse hasta la tapia del cementerio que, a oscuras, era lo único que podía verse bajo la ominosa mole negra del ábside de la iglesia. Un poco había vacilado el chico en la puerta de su casa, previendo que estuvieran ya allí Paco el Alto y sus amigos invitando a vinos a los muertos, pero a medida que caminaba hacia el camposanto casi fue deseando que así fuera y que, aun tan indeseable como aquella, alguna compañía humana le recordara que seguía en el mundo de los vivos.

A ciegas, en la negrura de la noche que el cielo raso cuajado de estrellas parecía, por contraste, profundizar, fue tanteando las centenarias piedras que estaban cubiertas de escarcha y musgo helado. Un arrebato de su instinto le recomendó salir corriendo y volver a la venta con su madre, le dijo que el año que viene estaría en la ciudad estudiando y nadie en el pueblo se acordaría de las baladronadas que aquella noche Paco el Alto había proferido en la Venta del Álamo, pero un instinto aún más poderoso que el miedo brotó de su corazón: era el amor propio herido, la soberbia nacida de la vejación y del insulto, y su determinación se reforzó. Apretó los labios, respiró hondo y arrebujándose aún más en la manta, apretó el paso.

No entraría por la cancela, pensó, porque aunque no había visto un alma desde que salió de casa, podría pasar alguien por la iglesia, o quizás el mismo don Gervasio, y verle merodeando por ahí. Quizás el cura hubiera oído la provocación de Paco e intentaría disuadirle, o se lo contaría a su madre, que era peor. Además, no tenía ni que salir de casa: sus ventanas daban a la misma calle y sólo tenía que torcer la cabeza para verlo. No, esa no iba a ser su entrada.

La esquina más alejada era la del rosal, pero también era la más alta y estaba cubierta por sus ramas espinosas así que no podía abordarlo directamente, pero un poco más allá parte de la tapia se había derrumbado, quizás como efecto de las lluvias del otoño. Un viejo tronco de almendro seco llevaba allí toda la vida y podría ayudarse de él para escalar el muro, pensó Juan, que agradecía que aquellos pensamientos le distrajeran de seguir dando vueltas a su original expedición. Recortándose contra el endeble centelleo de los miles de estrellas, vio la silueta del árbol y avanzó con cuidado. Trastabilló varias veces e incluso creyó haberse malogrado un tobillo al pisar un agujero en el suelo, invisible en la oscuridad. Descansó unos minutos y pareció recuperarse así que acometió con más valor que habilidad al viejo almendro seco y empezó a trepar.

No había sido de los niños que escalaban árboles para robar nidos o pájaros, así que no se le daba bien, pero su constitución ligera y flexible le favorecía, así que progresó con cierta facilidad. Una rama podrida cedió bajo sus pies y a punto estuvo de dar en el suelo pero, precisamente, su agilidad le permitió agarrarse al tronco que hasta esa altura pareció sólido.

Ante sus ojos se extendía la mancha negra casi sin límites del cementerio y no podía distinguir nada. A su derecha apenas vislumbraba la masa oscura y difusa del rosal. Un soplo gélido de viento sonó como un susurro entre sus ramas y el aire arrastró un cierto olor a humedad y podredumbre. Juan, de memoria pues no veía nada, calculó el salto hasta la tapia.

Tensó sus piernas. Tensó su espalda y se preparó, se contrajo ligeramente y… su cuerpo se negó a obedecer. El muchacho quedó perplejo, se juró que había hecho el propósito firme de saltar a ciegas hacia el punto en la oscuridad en que sabía que podría agarrarse al muro, pero sus músculos y sus tendones, a pesar de estar tensos y listos se negaron a hacerlo. Volvió a intentarlo, volvió a fijar sus ojos en el vacío y volvió a fallar.

Las lágrimas brotaron de rabia y de decepción ¿cómo era posible que sus miembros se negaran a obedecerle? ¿cómo podía traicionarle así su propio cuerpo? ¿es que no tenía fuerza de voluntad suficiente para obligar a sus piernas, a sus brazos y a sus manos a hacer lo que él deseaba? La amargura de la derrota anegó su espíritu e imaginó a Paco el Alto al día siguiente riéndose de él delante de su madre y de la partida del alcalde. Pero una parte de su espíritu se rebeló contra esa imagen y del orgullo y la rabia, del hondo deseo de ver humillado a Paco, pidiéndole disculpas delante de testigos, nació la resolución suficiente para intentarlo una vez más y sin darse cuenta de que lo hacía se lanzó al vacío.

Su cuerpo chocó contra las piedras. Sus manos resbalaron sobre la humedad y el verdín y un relámpago de miedo cruzó su mente, vacía de imágenes a causa de la oscuridad. Braceó, sorprendido por su propia rapidez hasta que encontró agarre con su brazo derecho y en vano intentó hacer lo mismo con el izquierdo. Se caía irremisiblemente hasta que notó con que con el pie de ese mismo lado tocaba un punto firme. Lo suficiente como para retrasar la caída y volver a estirar el brazo izquierdo. La manta había caído a la oscuridad y la había oído hacer ruido al chocar con unas zarzas. Con un esfuerzo supremo lanzó su mano izquierda hacia lo alto y rogó para que encontrara algo sólido en su recorrido, notó desgarrarse los músculos de su espalda y su costado y cuando se veía ya estrellado en el suelo notó que daba con un agarre. Volvió a llenar sus pulmones vacíos del aire helador de la noche y pensó que aquel aire seco y frío quemaba en su garganta como quemaba la nieve cuando la agarraba con la mano desnuda. Así quedó colgando de la pared.

Tardó un par de agotadores minutos en tirar de sí mismo con suficiente fuerza como para asomarse al borde de la tapia y cuando lo hizo, se sentó a horcajadas sobre lo más alto, a pesar de que las piedras le arañaban, y descansó unos instantes. Después, mucho más cómodamente, se descolgó hasta el suelo y dio un breve salto. Así, a oscuras, la tierra quedaba mucho más lejos de lo que él creía y notó un latigazo que le partió desde los tobillos y acabó en las rodillas, se dobló sobre sí mismo y a punto estuvo de caer al suelo, vio estrellas ante sus ojos y se dio cuenta de que no estaban en el cielo: era el dolor. Cuando las estrellas se disiparon se dio cuenta de que no veía absolutamente nada y, además, se había quedado helado de frío, pero en ese momento, pensó, ya no podía volverse atrás. De hecho, casi lo había logrado, se dijo a sí mismo con euforia. En su bolsillo palpó un cabo de vela y algunos fósforos. Los usaría si la oscuridad le hacía imposible avanzar pero, de momento, no lo haría.

Agachado, por si alguien le veía, avanzó un par de pasos. Dio un tropezón y cayó de bruces y notó que rompía con las manos la fina capa de hielo que se empezaba a formar sobre algún charco. Notó también un dolor agudo y lacerante en su mano derecha y supo que debía de haberse herido. Maldijo para sí y decidió encender la vela. De todas formas, si era descubierto por lo menos dejaría claro hasta dónde había llegado y cerraría muchas bocas, en especial la de Paco el Alto. Tomó la vela y al tacto buscó una piedra seca. Frotó el fósforo con ella y una pequeña llama iluminó la escena. El destello casi hirió sus ojos pero el pequeño fuego amarillento le alegró un poco el alma y le reconfortó. Encendió el pábilo de la vela y se dispuso a seguir aunque aquella lucecita apenas alumbraba medio paso ante él. Entonces vino una ráfaga de viento helado y racheado que arrastraba aguanieve y la alegre llamita se extinguió dejando a Juan abandonado otra vez en medio de la negrura.

El joven sintió una extraña sensación de desamparo y por un segundo pensó que el rumor del aire entre los matorrales era un susurro que musitaba ominosas palabras. No es más que el viento, se dijo, y volvió a recordar las burlas de Paco el Alto y sus secuaces. Consiguió lo que buscaba. La ira insufló ánimos en su corazón y sacó otro fósforo. Lo frotó contra la piedra y volvió a haber luz en el cementerio, el cabo de vela volvió a encenderse y Juan se detuvo un momento observando las sombras que le rodeaban, danzarinas, casi graciosas y ligeras, entre las lápidas y las tumbas, las cruces y la maleza. Era la noche de Difuntos y casi podía esperar ver algún aparecido entre ellas pero sólo vio un par de pasos de vacilante resplandor anaranjado, las centenarias losas rota y los matorrales. Avanzó algunos pasos y un poco más allá creyó distinguir la masa oscura del rosal, recostado sobre la vieja tapia del cementerio, esperándole con las únicas rosas que brotaban en aquella época del año.

Un susurro, un murmullo entre las ramas, un levísimo chasquido de ramas rotas llegó hasta sus oídos y Juan se sobresaltó; intentó perforar la oscuridad con sus ojos pero en ese mismo momento la vela volvió a apagarse y un espasmo de terror le recorrió la espina dorsal durante un segundo. No he notado ningún viento, pensó. ¿Qué ha apagado la vela? Buscó afanosamente, intentó adivinar una sombra, un rastro de movimiento, algo que apuntara que no estaba solo, pero no encontró nada más que negrura y silencio, nada más que la afligida soledad de las lápidas heladas y los matorrales descuidados. Casi anhelaba ver algo, ver a alguien, quería confirmar que no estaba tan irremisiblemente solo en el camposanto, fuera quien fuera lo que encontrara, deseaba descubrir que algún vecino, alertado por el resplandor de la vela había acudido, o que don Gervasio le había oído saltar el muro o, incluso, que los muertos se aparecían airados para expulsar al intruso en aquella noche que era suya. Pero no halló nada. Nada aparte de su propio miedo.

Casi no pudo volver a meter sus dedos en el bolsillo, del temblor. Con cuidado extrajo el último fósforo y volvió a buscar una piedra en la que rascarlo. No podía volverse a permitir que se apagara la vela, así que ahora iba a tener todo el cuidado del mundo. De nuevo frotó la cabeza del fósforo, lo aplicó al cabo de vela, la llama brotó de nuevo y una luz fantasmagórica e irreal le rodeó temblorosa y casi encontró más aterrador el espectáculo tenebroso del cementerio débilmente iluminado que la oscuridad poblada nada más que por su ánimo exaltado. Pudo ver que el rosal ya no estaba muy lejos, apenas una decena de pasos y se sintió aliviado, muy aliviado al ver que quizás sus menguadas reservas de valor llegaran para alcanzar su destino. Ánimo, Juan, pensó, unos pasos más y podrás cerrarle la boca definitivamente a Paco el Alto. Intentó pensar en su madre y en lo orgullosa que se sentiría de él si demostrara definitivamente su hombría y su valor delante de todos los patanes del pueblo.

Veló la llamita con su mano izquierda y avanzó lentamente, con los ojos fijos en la masa negra del rosal, intentando no ver nada más,  intentando no pensar en nada más.

De nuevo un susurro del viento entre las hojas muertas y las cruces de piedra, sonó a su lado, llenándole el corazón de angustia. El murmullo casi inaudible le acompañaba e intentó decirse que nada más era el viento, pero comprobó horrorizado que éste había parado… y el ritmo cadencioso del sonido, el sordo crujido de la escarcha al partirse, pensó, sólo podían ser de unos pasos. ¡Alguien caminaba a su lado en la oscuridad! pensó en plena oleada de horror. ¡En aquel cementerio había alguien más! Con un vómito de miedo en la garganta, con los ojos desorbitados por el pánico se volvió hacia la izquierda para descubrir, definitivamente, a la vacilante luz de aquella vela qué había estado ocultándose en las sombras desde que saltó la tapia del camposanto. Pero el escaso círculo de luz, y la noche abismal más allá de él, sólo le devolvieron la mirada vacía de las piedras y las matas marchitas por el frío del invierno que ya se anunciaba.

Juan sollozó, mitad de miedo y mitad de alivio y con los ojos irritados siguió andando, atravesando las tinieblas hacia el rosal maldito. No pudo casi creérselo cuando llegó hasta él, cuando pudo tocar aquellas hojas serradas. El aire era un poco más cálido y tranquilo a su alrededor pero notó que, además del perfume de las flores, podía percibir un aroma denso y dulzón, un aroma que inevitablemente asoció con la muerte. Alzó la vela y buscó con los ojos una flor, alguna que despejara sin lugar a dudas hasta dónde había llegado en aquella noche desapacible y ominosa y no tardó en encontrar una rosa grande y hermosa, perfumada y abierta, pero negra con la negrura insondable de una tumba. A Juan le pareció que ese era su botín, el que había venido a buscar y la mejor prenda de valentía y honor que podía presentar a los brutos de su pueblo. Sacó las tijeras y a pesar de los pinchazos cortó aquella flor. Sacó un lienzo limpio que llevaba en el bolsillo para envolverla y empezó a cavilar cuál sería la mejor manera de llevar la rosa negra de vuelta a casa sin que se cayeran los delicados pétalos.

El viento gélido del norte parecía haber amainado e iba a dejar la vela en el suelo cuando se oyó un siseo, como un murmullo de brisa arrastrándose entre los hierbajos o como, y esto fue lo que heló la sangre de Juan, un suspiro airado de alguien que se viera contrariado en el fondo de su alma. El joven quedó paralizado por el súbito terror con los ojos fijos en la oscuridad y entonces la débil llama que lo ataba con su lucecita dorada al mundo de la realidad se extinguió definitivamente. Juan notó entonces el mordisco voraz e imparable del terror más puro, el poderoso abrazo del miedo en sus entrañas y entonces sí, su corazón le dijo que unos pasos invisibles que le habían seguido desde que traspasó el muro del camposanto, se acercaban hacia él con celeridad, pisando las hojas secas, los cardos helados y la escarcha del suelo. Una ráfaga huracanada de viento helado, capaz de traspasar los cuerpos y las almas envolvió a Juan, un soplo y un ronco gemido de irritación atronaron el aire y el pobre muchacho notó cómo una fuerza irresistible tiró de su mano y con un brutal movimiento arrebataba la negra rosa maldita de ella. Y Juan gritó, lanzó un alarido inhumano, más allá del terror y la cordura al viento y a la oscuridad, y a las estrellas que indiferentes y malignas contemplaban toda la escena.

A Juan lo encontraron al día siguiente al pie del rosal. Fueron don Gervasio el cura y unos feligreses que el día de Todos los Santos se dedicaban a la piadosa tarea de limpiar las tumbas más descuidadas. Los miembros estaban lívidos del frío helador de la noche y los ojos verdes de Juan muy abiertos y enrojecidos. Tiritaba y balbuceaba pero nadie podía comprenderlo. Su mano derecha estaba cerrada y rígida, y no hubo humana manera de abrírsela. El médico tampoco pudo y sus dedos pasaron en pocos días de la palidez exangüe al rojo de la infección y de ahí, una semana más tarde, a la negrura de la gangrena. Cuando le amputaron por fin la mano, pudieron encontrar entre sus dedos el tallo podrido y negro de una rosa.

No recuperó el desdichado Juan el uso del habla ni de la razón. Y se dedicaba a pasear por la Venta del Álamo el pobre loco mirando al suelo y llorando, aterrado de cualquier cosa. El día de Todos los Santos del año siguiente lo encontraron ahorcado al extremo de una cuerda, colgando de una viga de su cuarto. La pobre doña Ramona, su madre, no tardó en seguirle. A los pies de su hijo había encontrado fresca, bella y perfumada, una rosa negra.

El alcalde, con la excusa de la salubridad del pueblo, decidió mover el cementerio y mandó hacer uno nuevo en una loma cercana. Los pobres huesos fueron desenterrados y llevados allí, a una fosa común. Se taló el maldito rosal negro pero volvió a brotar años más tarde y siguió haciéndolo cuando se acercaba la noche de Difuntos, y se decía que por las noches en el descampado junto a la iglesia oían susurros, gemidos y suspiros, pero una nueva época más descreída los atribuía al viento y a las alimañas.

El vejete hizo entonces una pausa dramática y me clavó sus ojos azules.

—¿Podría ver el lugar y el rosal? —pregunté yo.

—Ya no, señor. Hace unos años volvieron a cortarlo. Había dejado de dar flores, finalmente, y el alcalde necesitaba los terrenos para construir el nuevo polideportivo así que desmontaron todo aquello y lo edificaron con dinero de Europa.

—Pero usted llegó a ver las rosas negras ¿no?

—Claro.

—Y ¿nadie llegó a llevarse nunca un esqueje de aquel rosal negro?

El hombrecillo dejó ver un brillo impaciente y despectivo en su mirada.

—Pero ¿quién iba a querer algo de aquel rosal ni de aquella venta, hombre? ¿No ve que estaban malditos?

Volví mis ojos hacia la Venta del Álamo y pude imaginarme aquel mismo viento gélido que soplaba en ese momento, azotando al infeliz Juan, y silbando entre las cruces y las lápidas. Y quizás fuera mi imaginación excitada por el relato o quizás me engañaron mis ojos, pero juro, y lo juro por todo en lo que creo, que por un momento me pareció ver un rostro joven asomado a una de las ventanas vacías y desnudas apareciendo de la oscuridad, y que levantó un puño cerrado en mi dirección.

Abelardo Martínez, en homenaje a G. A. Bécquer en nuestra Noche de Difuntos.

La rosa negra

Publicado el

viernes, 1 de noviembre de 2013

2 Comments
Sergio Somalo San Rodrigo dijo...

Muy buen relato e idea. :)

Danais dijo...

Qué gozada. Qué buen rato he pasado leyéndolo.