Estrenamos etiqueta porque conviene que nos vayamos familiarizando con «El viento que susurra en la colina» y porque disponer de un enlace directo al material que iremos mostrando, nos facilitará la labor de ir paladeando el conjunto al que pertenecen los pedazos que compartiremos con vosotros.

De momento la etiqueta sólo es útil con esta entrada, pero mañana domingo o incluso en algún tiempo muerto entre semana, trataremos de ir enlazando todas aquellas entradas que aluden al libro de relatos que estamos preparando. De momento, ahí os va un nuevo entremés que corresponde al relato «Un mal negocio», cuyo autor... Bueno, dejemos el asunto de ir poniendo nombres para cuando sea realmente imprescindible.

«Como puede imaginarse, los maly llevaban y traían todos los chismes, cotilleos y noticias del despoblado lado nororiental del Océano Interior y eso los hacía excepcionalmente bien informados. Cuando un enano maly decía algo, solía ser una buena idea prestarle atención. Pues bien, el puto enano, como se le conocía afectuosamente, sentó su bamboleante cuerpo cerca del enorme Remshet y le pidió que le invitara a una copa. Eso fue al día siguiente de la llegada de Boudos y Helais, así que el bast se había levantado de resaca y con mal humor. Algún gracioso le preguntó a Remshet si había desayunado tigre aquella mañana y él le contestó rompiéndole el antebrazo por tres sitios.

Thoriôn, decíamos, se sentó junto a Remshet y le pidió de beber. Como el bast se dispusiera a desenfundar sus zarpas de tres pulgadas, le dijo que, en realidad no quería mendigar su ayuda. Remshet le contestó que aquello era una novedad en las tres semanas de hastío y enolismo que llevaba invertidas desde que desembarcó del Ola Plateada, y el enano maly, muy circunspecto, le dijo que podía poner remedio a eso. ¿Cómo iba a ser? preguntó Remshet torciendo su hocico en una sonrisa irónica pero interesada, y Thoriôn sacó con mucho disimulo un pequeño rollo de tela de la mugrienta casaca de terciopelo que llevaba puesta. El rollo de tela no era muy grande y estaba manchado y olía a sudor, pero cuando el enano lo desplegó el bast pudo comprobar que las manchas, en realidad, eran los dibujos difuminados y borrosos, pero inteligibles, de un plano.

Thoriôn contó con mucho misterio y salpicándole el hocico a Remshet de diminutas gotitas alcohólicas de saliva, que aquel plano señalaba la ubicación y los accesos a la tumba de Ktistes, el semimítico fundador de Ensenada, y que en ella estaba guardada la espada del héroe, que en aquellos momentos era buscada por el Senado de la ciudad.

Algo había oído Remshet, desde que llegara, sobre aquel asunto. El Senado quería recuperar ese artefacto, al que se atribuían poderes para conceder la victoria sobre sus enemigos al que lo esgrimiera, para acabar con los piratas. El problema es que nadie sabía dónde estaba exactamente la tumba de Ktistes.

Y, ¿cuánto quieres por el plano? sondeó Remshet al enano. Pues, el enano puso cara de hombre de negocios, por ser tú te lo dejo en un barril de vino, dijo al fin. Demasiado por un trapo viejo, repuso Remshet, ¿qué te parecería una jarra grande? El enano se lo pensó tres segundos y contestó: si es del mejor vino, estoy dispuesto a cambiar cantidad por calidad, los besut sois gente honorable en los negocios, pero duros oponentes. De acuerdo con eso, dijo finalmente Remshet mientras hacía un gesto con la mano a Tafios el Impronunciable y sacaba un par de cuartos de cobre de la bolsa que llevaba colgada del cuello.

Boudos señaló con el dedo un punto en el plano.

—Detrás de nosotros —dijo— tenemos la entrada principal de la tumba. Cuando los fundadores de Ensenada lo enterraron la sellaron con un solo bloque de piedra que aseguraron con la cerradura mágica que Helais intentó abrir ayer y no pudo, y quedó bloqueada más allá de cualquier arreglo…

No, no, Helais… escúchame —Helais protestaba airadamente— no estoy diciendo que sea culpa tuya… ¡Sí, joder, sí! ¡Es tu maldita culpa, entérate de una vez. A ver si podemos cargarnos esa piedra sin tener que moverla porque tú la has clavado ahí y no hay forma de sacarla de su sitio…!

Helais se sentó en el suelo y apoyó la cabeza entre las manos. Cuando llegaron a la entrada principal de la tumba de Ktistes había intentado usar su mejor magia para romper la cerradura mágica, pero la magia era caprichosa y un hechizo mal lanzado había hecho aquella piedra inamovible para nadie menos poderoso que las mismísimas Siete Kêres ayudadas por todos los dioses, suponiendo que algún dios tuviera motivos para ayudar a las Kêres en algo.»

Un mal negocio

Publicado el

sábado, 14 de diciembre de 2013

1 Comment
Sergio Somalo San Rodrigo dijo...

Curiosa presentacíon de razas... y un detalle, ¿el mago es esquizofrénico o hay una errata?

Un saludo